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El blog de Mario Morando

Seguro de desempleo versus indemnización por despido (El Cronista Comercial, 1/2/1988)

despido

Fue tomando una cerveza en la peatonal Ostergade de Copenhagen, con motivo de asistir al Copenhagen Jazz Festival 1987, como conocí al sindicalista danés que me marcó con el siguiente comentario al régimen de indemnización por despido argentino: “Si en Dinamarca aplicáramos ese arcaico sistema no sólo no podríamos disfrutar de un alto salario real debido a a baja competitividad que tendría nuestra economía para exportar sino que la población se sentiría herida en su sentimiento de igualdad, pues para un danés resultaría aberrante que la antigüedad en el empleo haga diferencia entre los derechos de las personas. No entiendo cómo el pueblo argentino no experimenta el mismo sentimiento de injusticia”.

Por mi parte siempre me llamó poderosamente la atención cuánto se habla y escribe acerca de a necesidad de reasignar recursos en la economía irgentina (“Tenemos que exportar”, “Hay que privatizar”, “Se debe disminuir el gasto público”) sin establecer los mecanismos recesarios para que dicha reasignación de factores productivos sea socialmiente viable.

Gran Bretaña, hoy tan cara a las mentes liberales en virtud de la política de privatizaciones que persigue su gobierno, dispone del primer sistema de seguro obligatorio de desempleo, que implantó en 1911. Hacia fines de la década de 1930 existían once países con seguro obligatorio y seis optativos. Entre ellos: Alemania, Austria, EE.UU., Italia y Suiza. Hoy existen 35 países (la mayor parte muy desarrollados), y sólo en tres de ellos el seguro de desempleo es optativo. La Argentina, en cambio, siguió con su sistema de indemnización por despido.

¿Cuál es la diferencia entre un sistema y otro? Existen dos alternativas para proteger al empleado del desempleo. Una apunta cubrir al trabajador contra la desocupación y consiste en las disposiciones sobre preaviso y pago de una indemnización por despido. La otra alternativa tiene como objetivo estabilizar no el empleo sino los ingresos del empleado, a través de un sistema de seguro de desempleo.

Para tener acceso a los beneficios del sistema el desempleo debe ser involuntario y no provocado por faltas imputables al trabajador, quien debe aceptar todo empleo apropiado que se le ofrezca. En general, el beneficio consiste en el pago de un monto equivalente a un 50% (en promedio) del salario antes percibido, el cual es pagado una vez que el período de desempleo excede un plazo mínimo, de modo tal de desalentar los reclamos menores. Naturalmente, también existe un plazo máximo para percibir el beneficio, que varía entre 6 meses y 1 año.

La implementación de un sistema de seguro de desempleo en sustitución de la indemnización por despido permite a los empleadores recambiar con facilidad sus empleados de acuerdo a lo que crean más conveniente. Al empleado se le elimina no sólo la preocupación de quedarse sin empleo sino el titubeo de cambiar de trabajo cuando aparece una mejor oferta por temor a perder su antigüedad y la indemnización.

Mientras que el sistema de seguro de desempleo induce decisiones de asignación de recursos laborales que sólo dependen de las expectativas de negocios futuros, fomentando así una mentalidad innovadora, el sistema de indemnización por despido no sólo atenta contra la flexibilidad que una economía moderna debe tener para asignar sus recursos humanos, generando una mentalidad conservadora entre la fuerza laboral, sino que el monto de la indemnización (que depende del pasado) no está necesariamente relacionado con el tiempo que el trabajador pueda permanecer sin empleo.

Por otra parte el seguro de desempleo elimina el desempleo encubierto en la administración pública y empresas estatales, permitiendo que la sociedad conozca el verdadero costo de mantener a dichas personas (que ninguna culpa tienen de estar contratadas en un sector relativamente improductivo), sin incrementar dicho costo.

El problema más complicado a resolver para el establecimiento de un sistema de seguro de desempleo, además de la ilógica resistencia ideológica del sector sindical, es el de su financiamiento. ¿Qué proporción financia el Estado, los empresarios y los asalariados ocupados con sus respectivos aportes al sistema? La respuesta es el resultado de un acuerdo entre partes, pero antes es necesaria la voluntad de implantar tal sistema. Una vez definida la necesidad imperiosa de contar con el seguro de desempleo (y de eliminar la indemnización por despido) como instrumento al servicio de la reasignación de recursos para el crecimiento económico, el financiamiento aparece, por ejemplo, a través de la canalización durante cierto lapso de las indemnizaciones que deberían pagarse de haber regido el sistema anterior, o aplicando el nuevo sistema sólo a los nuevos ingresantes a la fuerza laboral (es decir, jóvenes y desocupados).

Al sistema de seguro por desempleo debe ir unido un sistema para capacitar desocupados orientado por las necesidades privadas. Para ello es necesario el desarrollo de agencias privadas de empleo que capaciten al desocupado. Se trata de transformar las capacidades de alguien que dejó de ser útil en un sector para que lo sea en otro. La asistencia a los cursos de capacitación y la obtención de puntajes mínimos serán condiciones para seguir recibiendo el seguro de desempleo. Es necesario crear los incentivos para que las personas deseen permanentemente ser mejores.

Naturalmente todas estas propuestas requieren de una seria evaluación para ser implementadas, pero antes es necesario convencerse de la necesidad de su implementación. No existen personas improductivas en sí, sino personas asignadas a sectores improductivos, y nadie debe pagar la reestructuración de la economía sino que todos deben beneficiarse con ella. Así lo entendieron los países hoy desarrollados que adoptaron el seguro de desempleo no como una conquista del estado de bienestar, sino hace 50 años como un instrumento de desarrollo económico.

Eliminar el mito argentino del empleo estable es una tarea que contribuirá al bienestar económico de todos los argentinos. Dicho mito nos ha costado ya mucho atraso y, en la medida que el progreso tecnológico se siga acelerando, cada vez nos costará más.

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Esta entrada fue publicada en 1 febrero, 1988 por en Economía argentina y etiquetada con , .
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