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¿Cómo alcanzar la libertad? por Martín Morando (tesina de su bachillerato internacional)

libertad 2

La libertad humana ocupa un lugar destacado en nuestra civilización. La lucha de Espartaco, la Revolución Francesa y el preámbulo de la Constitución de la Nación más poderosa de la Tierra[1] se basaron en la defensa de la libertad.

La libertad es considerada lo más importante. Incluso el dinero está por debajo, pues la mayor pena que el sistema judicial establece luego de la muerte es la cárcel. Recién después vienen las multas y las indemnizaciones a las víctimas. Parece ser que la libertad es el bien supremo, después de la vida y la salud.

Sin embargo, ni bien se la comienza a analizar, la noción de libertad es mucho menos simple de lo que parece. Muchas personas dicen que para ellas lo más importante en la vida es ser libres, y destinan sus vacaciones a viajar a lugares donde se sienten libres. Sin embargo, prefieren de hecho vivir esclavizadas a su trabajo con tal de mantener cierto nivel de vida, consolándose con obtener un poco de libertad vacacional a cambio de todo un año de sacrificios.

Múltiples preguntas se pueden formular al respecto: ¿Qué es la libertad? ¿Cuáles son sus límites? ¿Existen grados de libertad? Cuánto más libertad, ¿mayor felicidad?

Para quienes comenzamos a transitar la vida adulta, la pregunta más importante, que le da título a esta tesina, es ¿cómo alcanzar la libertad? Resulta un requisito esencial para lograr una vida plena de satisfacción.

Qué es la libertad

En lugar de analizar todas las definiciones que los filósofos más reconocidos han dado sobre la libertad, se utiliza aquí de guía la definición de Arturo Schopenhauer, quien nació en Polonia en 1788, y por lo tanto pudo beneficiarse de haber conocido lo que opinaron la mayoría de los pensadores anteriores; especialmente profundizó el estudio de la voluntad humana, tomando como punto de partida la filosofía de Kant.

En su obra La Libertad[2], presentada ante un concurso de la Sociedad Real Noruega de Ciencias, estableció la libertad física o de acción como ausencia de obstáculos materiales, entendida como “el poder obrar”; la libertad moral como la expresión de la voluntad, entendida como “el querer obrar”; y la libertad intelectual como la capacidad del entendimiento de informar a la voluntad de lo que ocurre en la realidad.

El primer tipo de libertad es la libertad de obrar según nuestra voluntad dada. Schopenhauer señala que límites a este tipo de libertad son las fuerzas de la naturaleza. Por ejemplo, la fuerza de gravedad[3].

El segundo tipo de libertad es la libertad de nuestra voluntad para ser lo que es. Para querer lo que se quiere. Lo que técnicamente se denomina “el libre albedrío”. ¿Está predeterminada nuestra voluntad para querer ciertas cosas en lugar de otras? ¿Es independiente o está condicionada? ¿Es libre nuestra voluntad o solo nos parece libre? ¿Por qué queremos lo que queremos?[4]

Una primera restricción que encuentra nuestra voluntad es la lógica: no podemos querer un cuadrado redondo. Otra, nuestros gustos: no solemos querer lo que no nos gusta. Y no somos dueños de nuestros gustos. Se nos imponen, ya sea por la educación que recibimos, o por otro tipo de hábito o instinto. Otra influencia es nuestra genética, nuestra alimentación y tantas otras causas que determinan objetivamente nuestra voluntad.

Por eso, Schopenhauer establece que la voluntad no es libre, pues no tiene la capacidad de determinarse a sí misma. Es lo que es. No debe confundirse nunca una acción voluntaria con una voluntad libre. Una cosa es actuar según nuestros deseos, lo que todos podemos hacer si no hay obstáculos materiales que nos lo impiden, y otra cosa es ser libre de desear con independencia de nuestra voluntad predeterminada. No podemos desear sino lo que deseamos[5].

El tercer tipo de libertad, la libertad intelectual o de entendimiento, es la que permite, o no, informar al individuo el estado de la realidad. Es la capacidad de ejercer la voluntad racionalmente y no arbitrariamente. Por ejemplo, un drogado puede ser libre de obrar pero no lo es en su entendimiento[6].

En síntesis, dado que la libertad de la voluntad no existe, solo quedan dos tipos de libertad: la libertad de pensamiento, para informar a la voluntad del individuo de las alternativas que le presenta la realidad, y la libertad de acción, para proceder de acuerdo a su voluntad dado los medios materiales disponibles.

La dimensión política de la libertad: Stuart Mill

libertad

El enfoque de Schopenhauer considera al individuo aislado, solo, sin participación en un sistema político. Tenía que aparecer 20 años después un teórico político para incorporar estos elementos en el análisis.

Nacido en Londres en 1806, John Stuart Mill, fue filósofo, economista, funcionario público, político y periodista. Continuador de Bentham (un filósofo de la ética y el derecho) y de los economistas clásicos, estuvo entre los principales expositores del liberalismo político. En su libro Sobre la Libertad[7] se preguntó cuáles son los límites de la intervención social sobre la libertad del individuo.

Afirmó que no es suficiente la protección contra la tiranía de los gobernantes. Que también es necesaria la protección contra la tiranía de la opinión pública; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conductas a aquéllos que se oponen a ellas; a impedir la formación de individualidades, tratando de uniformar caracteres[8].

Mill considera un solo motivo por el cual la sociedad puede interponerse en los asuntos del individuo, y es para protegerse a sí misma. Evitar que el individuo perjudique a los demás. Lo cual se traduce, en la práctica, en la libertad de pensar y sentir, y de expresar esos pensamientos y sentimientos, libertades imposibles de separar una de otra. De obrar según esos pensamientos y sentimientos. Finalmente, de asociarse con otros para pensar y obrar según esos modos[9].

Nunca se podrá enfatizar debidamente la importancia de permitir el libre disenso, tanto para descubrir la verdad como para poner al descubierto, por contraste, el error. Solo a través de la experiencia y de la discusión el hombre puede rectificar sus errores y ser mejor. “Pero para que los hechos y los argumentos produzcan algún efecto sobre los espíritus es necesario que se expongan”[10].

Finalmente, “el valor de un Estado, a la larga, es el valor de los individuos que lo componen; (…) un Estado que empequeñece a sus hombres, a fin de que puedan ser más dóciles instrumentos en sus manos, aun cuando sea para fines beneficiosos, hallará que con hombres pequeños ninguna cosa grande puede ser realizada; y que la perfección del mecanismo, a la cual todo lo ha sacrificado, terminará por no servirle para nada por falta del poder vital que, en aras de un más fácil funcionamiento de la máquina, ha preferido proscribir”[11].

De esta manera, John Stuart Mill agregó la dimensión política al análisis de la libertad que desarrolló Schopenhauer. Especialmente en lo que afectan el gobierno y la opinión pública, a la libertad de pensamiento, la de expresión e intercambio de esos pensamientos y, por lo tanto, a la libertad de acción.

Las amenazas inconscientes a la libertad: Erich Fromm

Para incorporar al análisis de la libertad los aspectos del inconsciente humano, hubo que esperar 82 años, hasta la aparición de la obra maestra del sociólogo alemán Erich Fromm, quien se inspiró en el clima nazi que le tocó vivir.

Erich Fromm nació en Frankfurt, Alemania en 1900. Fue psicólogo y sociólogo y se interesó ya desde joven en las relaciones entre el individualismo de Freud y la visión social de Marx. En 1933 el instituto en el que trabajaba fue clausurado por los nazis, y emigró a Estados Unidos. En su libro El Miedo a la Libertad[12], escrito en medio de la Segunda Guerra Mundial, criticó “la concepción iluminista que presentaba al hombre como un ser racional, capaz de asumir decisiones adecuadas a sus intereses, siempre que tenga acceso a la información necesaria”[13]. Las dos guerras mundiales habían sido explosión de irracionalidad. Al analizar el fascismo como la manifestación del miedo a la libertad, puso al descubierto las trampas inconscientes al desarrollo de la libertad.

Fromm analizó la evolución de las doctrinas religiosas y de la organización económica sobre el carácter social.

En la Edad Media se consideraba que la voluntad del hombre era inviolable, a punto tal que ni Dios podía manipularla[14]. De esa manera la salvación dependía solo de las decisiones de cada individuo. De otra manera, Dios hubiera sido responsable de los actos del individuo, y éste hubiera resultado libre de toda culpa.

Con la aparición del protestantismo de Lutero, apareció un contrasentido: la voluntad humana vino a ser considerada “una bestia entre dos amos”[15]. “Con respecto a Dios, el hombre no posee libre albedrío, sino que es un cautivo, un esclavo y un siervo de la voluntad de Dios o de la voluntad de Satán.” Al mismo tiempo que Lutero otorgaba la liberación de la autoridad religiosa en sentido social, ya que cada fiel era libre de interpretar las sagradas escrituras según su saber y entender, resultaba que para obtener la salvación el fiel debía abandonarse a Dios y esperar ser salvado por esa entrega. Ya la voluntad no obraba el papel de guía, sino que era necesaria su anulación.

En el caso de Calvino[16], que propagó el protestantismo por el mundo sajón, como Lutero lo hizo por el alemán, llegó al extremo de afirmar que la salvación era arbitraria. Que había elegidos y condenados de antemano por Dios, con independencia de las buenas obras que cada uno pudiera realizar. En este caso uno está salvado o no, según la voluntad de Dios. La doctrina de la predestinación convierte en inútiles a la voluntad y al esfuerzo.

En el ámbito económico, el desarrollo del capitalismo fue liberando al hombre de las ataduras tradicionales, depositando su fuerza en su iniciativa personal. Al mismo tiempo, aumentó su libertad política, sobre la base de la fuerza económica de la naciente burguesía[17]. La culminación fue el Estado democrático moderno, con igualdad de derechos de todos los ciudadanos para participar en el gobierno.

Pero simultáneamente dejó al individuo indefenso, lleno de un sentimiento de soledad e impotencia. La competencia despiadada, la lucha por el ingreso sin contención social frente al fracaso, lo llenó de angustia. Además se convirtió en un engranaje destinado a alimentar el crecimiento del sistema, debiendo seguir fines exteriores a su voluntad. Un engranaje, más o menos importante según su poder económico, pero engranaje al fin[18]. El hombre no solamente vende mercancías sino que debe venderse a sí mismo, adoptando una personalidad agradable. De ahí la importancia de la popularidad[19]. Además, la libertad económica y política que uno disfruta son relativas, porque se ve bombardeado por publicidad sobre asuntos que le resultan cada vez más complejos. Termina perdido en un laberinto de aparentes posibilidades de elección[20].

Este doble cambio en lo religioso (el protestantismo) y en lo económico (el capitalismo) terminó generando un sentimiento de aislamiento e impotencia, del que el individuo busca escapar. Se da la paradoja de que el aumento aparente de la libertad, tanto religioso como económico, termina conspirando contra su uso efectivo. Porque aparece el miedo a la libertad. Tan grande se ha vuelto dicha libertad, que genera desamparo, y solo quienes tienen coraje pueden usarla. Y generalmente, por más que se silbe en la oscuridad (“distraerse”, “trabar relaciones”, “ir a lugares”), no aparece la luz. El miedo a la libertad sigue firme[21].

En esta lucha por la adaptación personal al medio social, surgen dos personalidades: el normal (socialmente adaptado) y el neurótico. El primero es valorado positivamente porque está en condiciones de realizar su trabajo esperado. Pero muchas veces, para lograrlo, ha tenido que abandonar su espontaneidad y puede hasta haber perdido su personalidad original. En cambio, el neurótico, no ha ahogado su personalidad en su intento de salvarla. Lo que sí, ha salido dañado. Por supuesto existe una alternativa superadora de las dos: el individuo sano que ha logrado simultáneamente adaptarse a la sociedad, salvando su personalidad. Sin volverse mecánico (como el que solo se adaptó socialmente) pero tampoco neurótico.

Frente a tantas opciones para ejercer su libertad de acción, el individuo puede resultar temeroso de recorrerlas y adoptar conductas evasivas, las que Fromm clasifica en las siguientes:

a. Conformidad automática o sobre-adaptación[22]:

Es la solución generalmente adoptada. El individuo abandona su personalidad para adoptar una personalidad social tal como se le requiere. Se mimetiza con el medio, transformándose en un autómata. Mecaniza su accionar para pasar desapercibido. Para no desentonar.

Por supuesto que cree que sus deseos son suyos. No es consciente del lavado de cerebro al que ha sido sometido. O mejor dicho, al que se ha dejado someter.

Este proceso supone la anulación del pensamiento crítico. En su deseo de sentirse parte de la comunidad, abandona toda posición crítica y se limita a seguir la moda. Para distinguir el pensamiento del verdadero yo, no importa lo que se piensa sino cómo se lo piensa. Si el pensamiento es producto de una elaboración interna, entonces es propio. En cambio, si se trata de una ciega repetición de lo que se escucha, no. Las racionalizaciones no son pensamientos sino falsos razonamientos que pretenden justificar creencias preexistentes. Esta falta de autenticidad del pensamiento, también se da en las emociones y en la voluntad. Muchos sentimientos no son genuinos, sino que son inyectados desde afuera. Y muchas decisiones, que se creen propias, son producto de la publicidad o de la educación.

b. Autoritarismo[23]:

En principio el masoquismo (físico o moral) podría pensarse como opuesto al sadismo. Pero la sumisión y la dominación tienen un factor común, que es el deseo de unirse a algo diferente de nosotros mismos.

En el caso del masoquista, se somete a su torturador. Pero en el caso del sádico, se une a su objeto de sadismo. Uno no puede vivir sin el otro. Ambos se tornan adictos a una forma de relación. Ambos buscan un “auxiliador mágico”.

El sadismo moral puede presentar diferentes grados, que van desde el simple deseo de dominar, hasta el de causar sufrimiento moral. Desea lograr el dominio completo sobre la otra persona, hacer de ésta un objeto pasivo de la voluntad, constituirse en su dueño absoluto, en su Dios. Su causa puede venir de un deseo de venganza por una niñez mal llevada, o de un complejo de inferioridad. Es decir, la vergüenza de ser quien es.

Como toda conducta, puede tomar una forma irracional. O buscar racionalizaciones. En el caso del masoquista, pensará que se está sacrificando, o que está aceptando la autoridad de una persona superior a la que se somete. En el caso del sádico, pensará que lo hace por bien del dominado. Pero su objeto es el de castigar, de humillar, de colocar a los otros en situaciones incómodas o depresivas, de hacerles pasar vergüenza. El de obligarlos a sufrir sin darles oportunidad de defenderse.

La causa central de estas conductas autoritarias (ya sea el apego a la autoridad o el ejercicio de la autoridad) es que “el individuo aterrorizado por su libertad busca algo o alguien a quien encadenar su yo. No puede soportar su propia libre personalidad, se esfuerza frenéticamente por librase de ella y volver a sentirse seguro, eliminando esa carga: el yo.”[24] Librarse del yo individual; perderse. Se trata de conductas cobardes. Uno porque no se anima a utilizar la libertad para no sufrir, y el otro porque solo la utiliza para hacer sufrir.

c. Conductas destructivas[25]:

Mientras el sádico no querría la destrucción de su objeto, ya que desea hacerlo sufrir pero no eliminarlo, la persona destructiva desea destruir al objeto de su interés. El sádico apunta a incorporarse a su objeto. El destructivo, a eliminarlo. Esta conducta, que en principio parece rara, no lo es tanto, ya que muchas personas se pasan su vida destruyendo las mismas relaciones que van creando.

d. La inflación del Yo:

Se tiende a disolver el mundo exterior agrandando el propio mundo. En el límite, conduce a la locura. A “comerse” el mundo. Esta sí es una vía de escape poco habitual, en términos relativos.

En síntesis, la contribución de Erich Fromm al debate sobre la libertad incorporó los elementos alienantes de la sociedad, que conducen al individuo a adoptar conductas irracionales para tratar de combatir la angustia que las múltiples presiones sociales ejercen sobre él al momento de elegir. A diferencia de los enfoques de Schopenhauer y Stuart Mill, para Fromm el individuo no es un autómata racional que funciona perfectamente según su voluntad y su entendimiento. Frente a la confusión y el temor a la libertad, Fromm destaca que muchas personas prefieren, inconscientemente, sobre adaptarse, someterse, destruir o alinearse, impidiendo en todos estos casos el sano equilibrio entre la adaptación al medio ambiente social y la auténtica personalidad.

Cómo alcanzar la libertad: conclusiones

Luego de analizar la concepción de libertad de Schopenhauer, la dimensión política de la libertad, según Stuart Mill, y las trampas que el inconsciente le tiende a la libertad, señaladas por Fromm, se puede concluir cómo le conviene comportarse al individuo para lograr una vida lo más libre posible.

El objetivo de toda persona debería ser lograr una adaptación razonable al medio social y político, pero sin perder su autenticidad, su verdadero yo. Es decir, que el objetivo no es ser lo más libre posible, ya que esa libertad extrema tendría costos dolorosos para el individuo al llevarlo a estar muy en contra de la sociedad, y correría riesgos físicos o psicológicos. Lo que el individuo puede proponerse es lograr un cierto equilibrio entre su deseo de liberación total y su necesidad de adaptación al medio social, el que resulta tan necesario para sobrevivir cómodamente.

Quedó claro que sobre la voluntad no se puede actuar porque queda determinada por muchísimas causas que escapan al individuo. Su voluntad le es dada y no puede moldearse a sí misma. Lo que puede hacer el individuo es trabajar sobre los obstáculos físicos, intelectuales y sociales.

Los obstáculos físicos disminuyen a medida que se desarrolle una adecuada cultura física, incluyendo el ejercicio y la alimentación. Por supuesto, no será posible eliminar la ley de gravedad y salir volando.

De la obra de Erich Fromm se aprende que los miedos a la libertad surgen por falta de reflexión y ejercicio de la voluntad. El autoritarismo (ya sea activo o pasivo) y la adaptación mecánica, se combaten con el uso del entendimiento. Una inteligencia alerta es lo que impulsará al individuo a no abandonarse en otras personas o en conductas de moda, y manteniéndose fiel a los sentimientos propios. La adaptación social no debe hacerse suprimiendo nuestro sentir interno.

Pero también se aprende que la destructividad y la inflación del Yo son enfermedades que escapan al poder de la razón. Y que hay factores irracionales e inconscientes que pueden conducir al individuo a esas actitudes. Justamente, los miedos a la libertad son eso: miedos. Y como todo miedo, irracionales. No está tan claro como lidiar con ellos. En esto consiste la principal limitación de esta tesina.

De la obra de Stuart Mill surge la importancia de ejercitar la libertad de pensamiento, especialmente expresándolo, porque es en ese ejercicio y en la discusión donde la verdad se fortalece. Este ejercicio resulta fundamental para que el intelecto informe debidamente a la voluntad, para que determine racionalmente cómo mejor proceder. Pero de esa misma obra aparece, que la tarea de defender la libertad de pensamiento y la intrusión del gobierno en general, a diferencia de las tareas anteriores, que son más bien solitarias, conducen a relacionarse con otros individuos, para proteger mutuamente esos derechos. No hacerlo es correr el riesgo de que la acción individual no resulte eficiente. De que la libertad de millones de individualistas sueltos se vea amenazada por grupos organizados que buscan esclavizar al resto. Como sucedió en la Alemania nazi (según explica Fromm en su libro), y como está sucediendo hoy en día con los movimientos extremistas islámicos, para dar dos ejemplos.

Hasta aquí se ha hecho énfasis en “liberarse de”. Pero ello no es suficiente; es importante adquirir un propósito: “liberarse para”. Eso le dará a uno la fuerza para “liberarse de”.

libertad

En síntesis, para tender a la libertad hay que:

a) Animarse a ser libre. No le sirve al individuo ser ni un “normal social” ni un “neurótico”;

b) Buscar un equilibrio que integre el mundo personal con el social, atento que al hacerlo no resulte en la destrucción de lo mejor de sí;

c) Mantener en permanente actividad el cuerpo, el intelecto y las emociones;

d) Organizarse socialmente con otros para la defensa de la libertad;

e) Y muy pero muy importante para tener energía para lograr todo lo anterior, tener un propósito en el cual usar esa libertad a conquistar.

Como se puede apreciar, la conquista de la libertad es un proceso sin fin, que nos ocupará toda la vida.

Bibliografía

1. Fromm, E. (1985). El miedo a la libertad ([1a. ed.). Barcelona: Planeta-Agostini.

2. Mill, J., & Rate, P. (1984). Sobre la libertad. Madrid: Sarpe.

3. Schopenhauer, A. (2000). La libertad. Alcobendas (Madrid): Editorial Alba.


[1] “Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la Defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la Libertad, ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América.” Preámbulo de la Constitución de Estados Unidos de Norteamérica.

[2] Schopenhauer, A. (2000). La libertad. Alcobendas (Madrid): Editorial Alba.

[3] Op. cit. págs. 5 y 6

[4] Op. cit. págs. 7 y 8

[5] Op. cit. págs. 22-26 y 44-50

[6] Op. cit. págs. 6 y 101-103

[7] Mill, J., & Rate, P. (1984). Sobre la libertad. Madrid: Sarpe.

[8] Op. cit. págs. 31, 32

[9] Op. cit. págs. 40, 41

[10] Op. cit. pág. 50

[11] Op. cit. págs. 169, 170

[12] Fromm, E. (1985). El miedo a la libertad ([1a. ed.). Barcelona: Planeta-Agostini.

[13] Op. cit. pág. 14, prólogo de Gino Germani

[14] Op. cit. pág. 94

[15] Op. cit. pág. 99

[16] Op. cit. págs. 108 y 112

[17] Op. cit. pág. 131

[18] Op. cit. pág. 134

[19] Op. cit. pág. 144

[20] Op. cit. págs. 153-155

[21] Op. cit. págs. 158-159

[22] Op. cit. págs. 209 y siguientes

[23] Op. cit. págs. 166 y siguientes

[24] Op. cit. pág. 176

[25] Op. cit. pág. 184

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Esta entrada fue publicada en 11 marzo, 2015 por en Filosofía y etiquetada con .
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