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El blog de Mario Morando

Los cuadernos de conversaciones de Beethoven

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El problema auditivo de Beethoven comenzó a sus 26 años, en 1796. Hacia 1814 (43 años) el problema se tornó más profundo, y Beethoven debió acudir a las trompetillas de Mälzel, que utilizaba sólo en su casa para tratar de mantener el secreto de su dolencia, tan vergonzante para un músico, encima de su talla.

En 1818 la sordera era total y las trompetillas fueron sustituídas por cuadernos de notas, donde sus interlocutores le escribían para hacerse entender. Beethoven los utilizaba además para anotaciones personales, como recordar la compra de azúcar o velas, o enviar a afilar cuchillos, o cuestiones menos domésticas como trozos de música o pensamientos.

Leerlos hoy deja una sensación de asimetría, pues constan las declaraciones de sus interlocutores, pero no las respuestas de Beethoven, ya que su sordera no había afectado su habla. Se trata de conversaciones mutiladas. Muchas veces no se sabe quién habla (mejor dicho, escribe) y hasta hay palabras ilegibles que tornan las frases incomprensibles. Nos encontramos con conversaciones hoy poco comunicantes. Está claro que para Beethoven fueron como salvavidas en medio de un naufragio: o se comunicaba así, o nada.

Ni siquiera se dispone de todos los cuadernos, que se estiman en 400, según fueron heredados por su amigo Anton Schindler, quien desechó los que no consideraba interesantes, arrojando el siguiente catálogo:

1818: 1 cuaderno;

1819: 4 cuadernos;

1820: 11 cuadernos;

1822: 2 cuadernos;

1823: 34 cuadernos;

1824: 24 cuadernos;

1825: 24 cuadernos;

1826: 29 cuadernos;

1827: 10 cuadernos.

Estos 139 cuadernos incluyen dos que no llegaron hasta nosotros, pues los eliminó Schindler por contener conversaciones con un amigo rival de Beethoven, Karl Holz. Interpretó Schindler que la publicación de aquellos podía resultar perjudicial para el compositor.

Al leer los cuadernos que llegaron hasta nosotros sorprende la escasa variedad de asuntos que ocuparon la última década de la vida de Beethoven. Una enorme proporción lo ocupan las discusiones sobre el litigio para mantener la tutoría de su sobrino Karl y brindarle educación, y en menor grado cuestiones financieras personales discutidas con su administrador Oliva (desde compra de bonos austríacos hasta acciones bancarias), comentarios políticos, chismes del ambiente, datos y gestiones para obtener comida y bebida, junto con anotaciones que Beethoven realizaba de avisos que leía en los periódicos sobre asuntos de su interés, tales como libros sobre sordera o tabernas.

Si bien una fuente de nutrición cognitiva para Beethoven eran también sus lecturas, parecería colegirse, por contraposición, que su mundo espiritual era básicamente musical. Su universo del discurso lo constituían su música, sus lecturas, sus “conversaciones” pueriles y sus pensamientos. Todo agigantado, paradójicamente, por su sordera; como los silencios agigantan las notas en el discurso musical.

Resulta casi increíble que un genio de su talla se nutriera, durante sus años de sordera, de conversaciones tan pueriles. ¡Ni siquiera su sordera le permitió racionar la mediocridad oral!

Pero, ¿qué sucedería si nosotros comenzáramos a llevar un conjunto de cuadernos de nuestras propias conversaciones? ¿Serían más interesantes que las de Beethoven? Al menos, Beethoven dejó un mundo de pensamiento musical. Nosotros, ¿qué dejaremos?

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Esta entrada fue publicada en 5 diciembre, 2011 por en Música y etiquetada con .
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